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El resto no es silencio

  • 23 feb
  • 4 Min. de lectura

Jorge Bafico



El lunes se inauguró UMBRAL, una muestra de mis elefantes en Arocena Mall. Y digo “mis elefantes” como quien dice “mis síntomas”: no por propiedad, sino por responsabilidad. Porque uno no fabrica estas piezas para decorar un living. Las hace para sostener algo que, de otro modo, se desborda.


Gracias a quienes vinieron —de distintos lugares—, a quienes me siguen desde hace años: en la clínica, en los libros, en la radio. Y ahora también en estos volúmenes. No lo tomo como un aplauso: lo tomo como un lazo. El lazo es lo único que nos salva de convertirnos en puro monólogo.


UMBRAL no es una exposición aislada: es parte de una misma búsqueda. Una búsqueda que podría resumirse en una frase que hace tiempo me acompaña, casi como brújula: el resto no es silencio.


Lo digo así, en contra de Hamlet.


Porque Shakespeare, al final, hace que Hamlet pronuncie una sentencia definitiva: “El resto es silencio”. Como si el mundo pudiera cerrarse. Como si lo que queda pudiera apagarse. Como si, después del drama, pudiera venir la calma. Pero hay experiencias que desmienten esa ilusión. Hay hechos que no se clausuran con un punto final. El resto no se calla: insiste.


La vida cotidiana tiene una técnica muy eficaz: tapar. Tapar con actividad, con opinión, con agenda, con frases hechas. Tapar con “ya fue”, con “seguí adelante”, con “no te hagas drama”. Sin embargo, lo verdaderamente serio no puede ocultarse. Se aloja donde menos conviene: en el cuerpo.


Por eso para mí hacer arte no es hacer “algo lindo”. Hacer arte es hacer visible una tensión. Una marca. Estas piezas que hago —elefantes, rinocerontes— no son animales para mi. Son figuras del peso. Figuras de la memoria. Figuras de lo que resiste. Figuras de lo que carga. Hay algo en el elefante sobre todo que me resulta resulta profundamente humano: no olvida.


Y a veces no olvidar no es un acto voluntario ni una decisión moral. A veces uno no olvida porque eso que pasó no quedó en la cabeza: quedó en el cuerpo. El cuerpo recuerda incluso cuando la conciencia quiere seguir de largo. El cuerpo hace archivo. Un archivo silencioso, sí… pero no por eso menos activo. Un archivo que duele. Un archivo que pesa.


Un umbral también es eso: el lugar donde el cuerpo se acuerda.


Umbral es el borde entre dos mundos: lo que se puede decir y lo que no; lo que se puede narrar y lo que solo se padece; lo que se simboliza y lo que queda por fuera de la palabra. El umbral es el punto donde no se decide todavía si uno entra o sale, si retrocede o avanza, si se queda o atraviesa. Y en ese borde, lo que suele aparecer es justamente lo que Hamlet quiso clausurar: el resto.


Pero ¿qué es el resto?


No es la nostalgia. No es el recuerdo. No es el amor. No es un álbum de fotos. El resto es algo más crudo: la presencia de una ausencia. Algo que no se integra, que no “se procesa”, que no “se supera”. Algo que se lleva. Y el que lo lleva, lo sabe: hay duelos que no se resuelven, se transitan. Hay pérdidas que no se metabolizan, se cargan.


Ahí entra Hamnet.


La novela de Maggie O’Farrell, después convertida en film, no narra una muerte como quien cuenta un hecho. Lo que hace es más inquietante: muestra cómo una muerte se instala en una casa como si fuera un clima. Se vive con ella. Se duerme mal con ella. Se camina con ella. Se la respira. Un niño muere y algo muere con él, no solamente un cuerpo: muere un mundo. Porque el duelo —cuando es duelo verdadero— no es un acontecimiento triste: es una alteración del tiempo. El calendario sigue avanzando, pero el sujeto queda detenido en un punto. Como si ese corte real hubiera dejado el resto del día sin consistencia.


El duelo no es un relato que se cuenta: es un golpe sobre lo viviente. Y ese golpe no llega como idea: llega como cuerpo. El dolor no es una metáfora: es una fisiología. Es un modo de respirar, un modo de caminar, un modo de quedarse sin futuro.


Entonces aparece Hamlet. Pero Hamlet no como literatura: Hamlet como operación.


Porque la pregunta no es por qué Shakespeare escribió Hamlet. La pregunta es otra: ¿qué hace un sujeto con un muerto que no puede alojar?


Lo que Hamnet nos deja ver es que la pérdida nunca se simboliza del todo. No hay significante que cubra ese agujero. A lo sumo, se lo bordea.


Y acá ocurre algo decisivo: Hamnet, el hijo de 11 años muerto de Shakespeare y Hamlet son casi el mismo nombre. En la época lo eran: una variación. Pero en ese pasaje del hijo muerto a la tragedia sucede un desplazamiento que vale como gesto fundamental. Como si el niño encontrara una segunda existencia, no en la memoria familiar, sino en el campo del Otro: la lengua, la escena, el teatro.


Ese gesto no cura el duelo. No lo resuelve pero lo inscribe.


No se llora al hijo: se le escribe otro nombre.


No se lo recupera: se lo vuelve otra forma.


No se lo salva: se lo inscribe en el Otro.


Y ahí, si uno quiere, se entiende algo de lo que llamamos arte: el arte no es consuelo. El arte es un modo de alojar lo imposible. Se trata de darle un borde al agujero. Un borde digno. No para cerrar el dolor, sino para que el dolor no destruya todo.



Eye-level view of an art workshop with participants engaged in creative activities


 
 
 

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